Semanalmente recorremos la provincia de Entre Ríos (y ahora también Santa Fe), visitando las industrias de la región. En los últimos seis meses hubo una respuesta constante y casi copiada de uno a otro caso: “…si tuviéramos confianza seguro que estaríamos haciendo inversiones que necesitamos para incrementar la producción, pero…”
Las industrias vienen postergando inversiones desde comienzo de 2008, cuando una resolución ministerial detonó el conflicto más grande de la historia entre el Gobierno Nacional y el campo (dicho y sea de paso es un tema que todavía tiene varias páginas por escribir).
Estaba apenas comenzando un nuevo Gobierno (o al menos eso parecía) que venía a dar el gran salto para el desarrollo industrial. Se hablaba del “Acuerdo del Bicentenario” entre todos los sectores, y eso despertaba expectativas.
Pero los cortes de ruta, la tozudez del Gobierno, las falsas promesas y medidas que solo confundían y no eran lo que decían ser fueron una constante hasta el voto “no positivo”. Después vino un período muy breve de intento de recuperación, pero la inflación ya se había disparado y no se reflejaba (refleja) en los índices del INDEC, la demanda local estaba sumamente deprimida, los precios internacionales en baja y el conflicto no desaparecía.
Llegó septiembre y octubre, y la crisis financiera internacional fue el golpe de gracia para frenar cualquier intento de recuperación.
Depresión absoluta de la demanda y los precios internacionales; el mercado argentino seguía inmóvil y se intensificó el ajuste en las industrias. Como si el panorama no fuera complicado, el verano trajo la peor sequía de los últimos 70 años. La producción de granos cayó rotundamente y el campo, por primera vez en varios años, arrojó balances negativos en sus productos.
El campo y sus derivados siguen golpeados, pero el mundo necesita alimentarse. Lentamente desde marzo se han recuperado los precios y los compradores vuelven al mercado. Si bien la situación no es la mejor tampoco es mala, y si se mira hacia adelante las perspectivas son alentadoras.
Pero acá está el problema. Las industrias no se animan a retornar al camino que tenían hasta fines de 2007.
No le tienen confianza al Gobierno Nacional. Así de simple.
Una cooperativa que instaló un molino harinero hace un par de años atrás tenía todas las facilidades para adquirir una segunda línea y duplicar la producción, pero prefirieron esperar hasta el año próximo; en una forja de Gualeguaychú esperan señales positivas para poner en funcionamiento dos importantes equipos que hoy están parados; y en este sentido podemos nombrar casos en cada uno de los sectores de la agroindustria entrerriana.
Y si se habla de comercio exterior el dolor de cabeza es más grande. En los últimos años los trámites, certificados, procesos, habilitaciones y costos necesarios para llevar adelante una exportación se han incrementado y complejizado de una manera asombrosa. Hoy para una PyME pequeña es casi una misión imposible salir al mundo. En el plano de las importaciones es igual o peor. Traer equipos o bienes de capital es una odisea, y los costos son altísimos.
La Psicóloga Mónica Cascardo agrega que “la confianza se apoya sobre tres ejes: el primero es la competencia, el saber hacer algo; el segundo es la sinceridad, el hacer lo que digo que voy a hacer; y el tercero la responsabilidad, al hacerse cargo de las consecuencias. Cuando alguno de estos tres ejes se afecta se daña inmediatamente todo el sistema emocional.”
La coyuntura. ¿Cuánto de lo que dice que hace el Gobierno Nacional realmente hace? ¿Demuestra ser competente en las medidas que toma? ¿La intervención en los mercados de carne, leche, o agro - por dar algunos ejemplos-, han provocado crecimiento y desarrollo en esos sectores? ¿Cuántas veces ha repetido las mismas estrategias con los mismos resultados? ¿Es sincero en sus discursos y posteriores medidas hacia el sector? ¿Se ha hecho cargo de las consecuencias de sus medidas?
Las preguntas podrían seguir indefinidamente, pero todas van hacia un mismo lugar. El Gobierno ha destruido sistemáticamente la confianza.
La mentira y destrucción del INDEC, el sostenimiento a cualquier precio de funcionarios que han fracasado, la confrontación permanente y la incapacidad de generar diálogos sinceros, en donde escuche realmente al otro y pueda tomar conceptos para mejorar la gestión son algunos de los ejemplos más claros y rápidos.
En este contexto (al que hay que sumarle los problemas típicos de la economía nacional, con incremento de costos directos e indirectos, o mercados fluctuantes por nombrar algunos), encarar una inversión para una industria es una decisión de altísimo riesgo.
La alternativa es esperar. Pero ¿cuánto tiempo? Cuando alguien abandona un mercado o no aprovecha una oportunidad otro toma ese lugar. Como muestra de esto alcanza el sector cárnico: Uruguay y Paraguay van a agradecer siempre a la Argentina por los mercados abandonados.
Cuando se rompe la confianza aparece la traición y si ésta se torna sistemática dificulta mucho más su recuperación.
El único camino es construir nuevamente lo que está roto. Para eso, primero hay que dejar de traicionar.
Las industrias están expectantes y listas para incrementar su actividad, lo que se traduce rápidamente en puestos de trabajo y movimiento de la economía. Pero hoy más que nunca, los industriales necesitan reglas claras.
